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martes, 27 de septiembre de 2011

UN CUENTO DE PURO SEXO (3ª parte y final)

Una cena entre Irene y Miguel en cassa de ésta, una dorada a la sal, Miguel se lanza a la aventura, toma su mano, la acaricia...


Javier Zaldivar termina así su historia:



La calentura de Irene había comenzado tiempo antes, nada más ver aparecer a Miguel por la puerta, tan guapo, tan limpio. No tenía nada que ver con el macarra que conoció días antes. Estaba completamente excitada. En un principio intentó luchar contra esa tempestad interior que la asfixiaba. Era muy prematuro, se decía, pero no comprendía por qué había caído en las redes del más puro instinto sexual, que emergió de un modo incontrolable. Se rindió, no tenía más alternativa. -Mañana me arrepentiré y me fustigaré eternamente-, se decía. Tenía una de esas fantasías que nunca se realizan por mera vergüenza o por falta de oportunidad. Llegó el momento de ponerla en práctica: acariciar la entrepierna del hombre que deseaba con su pie. Éste iba enfundado en una media de lycra negra, poco tupida, que dejaba entrever los dedos. Tenía unos pies muy bonitos, bien formados, armoniosos, con dedos no muy grandes, uñas perfectamente recortadas y sin lacar. El respingo de Miguel ante semejante contacto fue irremediable. Por un momento no sabía qué estaba ocurriendo. Tras unos segundos de titubeo, se dejó hacer. Comprendió que en esta vida la espera no tiene sentido. Estaba ansioso de estar con una mujer, no lo podía negar. Ese momento había llegado. Se dejó llevar por sus sentidos. Al instante, su entrepierna bullía y crecía, le abultaba tanto en el pantalón que creía que iba a estallar. Comenzó a acariciar el pie de Irene con delicadeza, masajeándolo, exprimiéndolo. De reojo la observaba con los ojos entreabiertos, con una respiración profunda y pausada, dejándose ella llevar por un placer distinto, el cual desapareció momentáneamente al notar un chasquido. La media estaba rota. Por un instante tuvo un atisbo de rabia. -Joder, que me costaron 30 €…-, pensó, aunque el arrebato duró lo que un pastel a la puerta de un colegio. Volvió a sumergirse en una mezcla de relajación y excitación. De pronto contuvo la respiración: notaba la lengua de Miguel entre los dedos de su pie. Aquello era indescriptible. -Hmmm, qué maravilla, que gusto…-. De manera súbita comenzó a contonearse sobre la silla. Era inevitable, jamás había experimentado tal sensación. -No pares, no pares…-, se decía. Miguel, como leyendo su mente, proseguía, aumentando la fuerza de succión dedo a dedo, lamiendo la planta y el dorso del pie. Irene comenzó a tener pequeños espasmos, se agarró al borde de la mesa, moviéndola en bloque y emitió un gemido de placer que resonó en toda la estancia. Había tenido un orgasmo delicioso, como nunca antes recordaba. Se quedó inmóvil, con escalofríos que recorrían toda su piel. Sin mediar palabra, Miguel se abalanzó sobre ella, la levantó en peso y la sentó encima de la mesa frente a él. A Irene todavía le recorría el cosquilleo por la espalda, cuando notó como una sensación de calor le invadía las bragas. Ahí estaba Miguel, empapándose de su olor más íntimo, mojándola con su saliva y su vaho. Succionaba con fuerza a través del tejido. Ella estaba húmeda, excitada al límite. Miguel, de manera delicada, comenzó a pasar la lengua por las ingles, evitando zonas más sensibles. La lengua iba recorriendo lentamente los pliegues de los labios mayores, los menores y finalmente el clítoris. Aquí se detuvo y se recreó en su quehacer, lamiendo reiteradamente, de arriba abajo y hacia los lados. Irene contenía el aliento. Literalmente tenía el coño chorreando, cuyos flujos bebía Miguel con deleite. Metía la lengua en la vagina, la follaba. Recorriéndola con movimientos circulares, lo que hacía aún más crecer el clímax. Entraba y salía de la cueva, corría de arriba a abajo hasta llegar al culo, que lamía detenidamente. Éste se abría y cerraba, como queriendo ser follado con la lengua. Irene jadeaba de nuevo, cada vez con más fuerza, aplastando la cara de Miguel contra su cuerpo. Quería más y más. Mientras él le trabajaba, ella se masturbaba, esparciendo sus jugos por su cara, ofreciéndole los dedos para saborear una mezcla ligeramente salada y con aroma a mujer, que lo hacía con una sensualidad única y más excitante si cabe. Irene no pudo aguantar más la presión y se corrió de nuevo, de manera salvaje, eyaculando una mezcla de líquido vaginal y de orina. Miguel bebía con avaricia, llenándose la boca y relamiéndose una y otra vez. Se puso en pie, se abrió el pantalón. Por fin, su polla podía respirar y expandirse en su totalidad. Era un miembro grueso, no muy largo, pero duro como el granito. El glande estaba amoratado, enhiesto, ingurgitado y a punto de reventar. Parecía una castaña, aunque bastante más grande. Irene se la metió en la boca, lamiendo cada centímetro de carne, succionando hasta el punto de hacer daño. Tragaba la verga con tal maestría que llegaba hasta la raíz. A la vez, acariciaba los testículos como si de dos bolas de golf se tratase. Agarraba el escroto y lo estiraba hacia abajo, al tiempo que engullía todo el miembro hasta la campanilla. El líquido seminal invadía la garganta. Chupaba, lamía y tragaba. Miguel se encontraba volando por el espacio, experimentando tal gusto que se corrió de inmediato. Su semen casi ahogó a Irene. No paraba de eyacular, era una fuente que escupía leche por doquier. Ella, nuevamente excitada, se relamía, mojaba sus dedos en el semen y se lo restregaba por los pezones, ya liberados del sujetador; se chupaba los dedos, y volvía a relamer el falo que seguía tieso como un palo.
Algo más relajados, comenzaron a besarse, esta vez con ternura y cariño, saboreando ambas bocas, con lenguas juguetonas que recorrían labios y encías.
Irene recordó algo. Sacó de un cajón un instrumento alargado, de látex, lo que venía a ser un consolador. Lo empapó de lubricante e invitó a Miguel a que se acostara en el sofá. De manera suave empezó a pasarle la polla de plástico por la suya, que estaba algo fláccida, rodeando el glande y la punta. Con la vibración, la picha se puso otra vez en ristre, dispuesta a hacer su trabajo. Pero esta vez sería él el penetrado. En un principio Miguel no entendía muy bien que pretendía ella. De inmediato se percató de ello. La negativa fue espontánea. - ¡Yo no soy maricón!-, le espetó. Ella, con paciencia, no le hizo el menor caso y comenzó a acariciarle el ano con ese invento diabólico. Él, no sabiendo cómo, se fue relajando y se dejó llevar, en una mezcla de resignación y curiosidad. Su asombro era que le gustaba esa nueva sensación, nunca antes vivida. Decidió disfrutar del momento. Irene metió poco a poco la polla en el culo, haciendo movimientos cortos que fueron aumentando en intensidad despacio, muy despacio. Miguel estaba alucinando. - Joder, cómo me gusta-, pensaba, con más vergüenza que sorpresa. -¿Seré gay?-, se preguntaba una y otra vez. -Esto no es normal-. Al final accedió a sus sensaciones y fue cuando empezó a disfrutar de verdad. Era un placer distinto, evidentemente, pero que le gustaba muchísimo. Irene, viendo como se desarrollaba le situación, comenzó a ponerse más cachonda aun de lo que estaba. Besaba y chupaba la polla de Miguel a la vez que follaba su culo. Él se movía obligando al miembro de plástico a entrar cada vez más adentro en su culo, aumentando la rapidez de las embestidas. La corrida fue brutal. Las contracciones anales eran bestiales, más placenteras según se iba corriendo. Su polla seguía en forma tras correrse, dispuesta a entrar otra vez en acción. Irene ardía de deseo. Sin decir una palabra, se puso a cuatro patas frente a Miguel y le ofreció su coño y culo mojados y hambrientos. La asió por las caderas y se la introdujo sin miramientos. Comenzó a bombear despacio mientras que le pellizcaba los pezones suavemente. Irene soltaba grititos. El vaivén iba creciendo en fuerza e intensidad. La polla entraba y salía, lo que provocaba más placer aún a ambos. El culo de Irene se abría y cerraba al compás de las embestidas. - Fóllame también por detrás-, parecía decir. No tardó mucho tiempo en percatarse de sus intenciones. Entró con cierta dificultad, aunque sin hacer excesivo daño, puesto que aquello estaba encharcado por los flujos anales. Irene chilló, en un principio por dolor, pero seguidamente de gusto. Ahora era ella quien llevaba el ritmo de la enculada. Clavaba la polla hasta el fondo, gimiendo a cada vaivén. Se inició un turno de follada, de manera que la verga entraba y salía del culo y del coño alternativamente. La excitación era máxima, con un “más, más, sigue, sigue…” continuo y desesperado. Irene tuvo su tercer orgasmo, el mayor de todos, al unísono con Miguel. Tras unos minutos de jadeo y de tomar aliento, ambos se dirigieron a una merecida ducha.
La noche terminó pronto. Cinco horas de sexo podían con cualquiera. Ambos se sumieron en un profundo sueño. A la mañana siguiente, los dos amantes extraños, algo desorientados pero satisfechos, decidieron darse un respiro. Habían pasado de ser unos perfectos desconocidos a actores dignos de una película pornográfica. Había que meditar lo ocurrido. Se irían viendo, sin duda. Pero ante todo, tranquilidad y sosiego. No querían cometer los errores del pasado. Había mucho en juego. De lo que estaban convencidos era de que esa noche sería inolvidable, un muy buen recuerdo de un encuentro entre dos desconocidos que se amaron como nadie.

lunes, 19 de septiembre de 2011

UN CUENTO DE PURO SEXO (2ª parte)

Javier Zaldivar nos entrega la segunda parte de su truculenta historia. A lo mejor todavía falta del calor que nos prometió pero sin duda algo más de este peculiar encuentro entre Irene, "cuarentona, menudita y bien proporcionada" acosada en su trabajo por un jefe con pocos escrúpulos y Miguel "cuarenta y tantos años, bien llevados, pelo cano, corto, unas patillas y perilla finas y perfectamente recortadas"...

Javier Zaldivar escribió...

A la mañana siguiente, Miguel contactó con la oficina de Irene, y en torno a las dos de la tarde la esperaba en el bar, para devolverle el teléfono. Irene llegó apresurada, cómo no, escupiendo reproches a un tal Alex y pidiendo mil disculpas. Esta vez era ella la que no atinaba a hilvanar dos palabras seguidas, probablemente debido a su torpeza y a su peculiar modo de cortar una conversación. Pasados los apuros propios, esta vez la velada fue más sosegada, y sin atragantamientos. A la salida, midiendo las palabras antes de hablar, Irene le propuso a Miguel una copa en su casa. Daba por hecho que, tras el fiasco del día anterior, encontraría un no por respuesta. Pero Miguel, más consecuente y también menos tímido que el día anterior, accedió a la invitación. Se dieron las señas pertinentes y quedaron para cenar.

La dorada a la sal, especialidad de Irene, cuya receta pasó de generación en generación, estaba a punto. No sabía por qué pero estaba muy nerviosa, inquieta. Hacía muchísimo tiempo que no tenía una cita con un hombre. Tenía un presentimiento. ¿Cuál? Ni la más remota idea. Pero algo le decía que esa noche iba a ser distinta. Distinta, ¿en qué? Sólo pretendía pasar un rato agradable con un tipo del cual sólo conocía su nombre, su estado civil, que conducía una RR y que buscaba trabajo. Un panorama que podría definirse como algo temerario. Eso sí, ella le contó la vida y milagros de su familia y de ella misma desde el principio de los tiempos. -Nunca escarmentarás, guapa. Le cuentas tu vida al primero que pasa por la calle-, se reprochaba una y otra vez.

A las nueve en punto sonó el timbre. Tras la puerta estaba un hombre totalmente diferente al que conoció apenas dos días antes: traje azul oscuro, corbata color salmón, zapatos marrones de estilo italiano, sin gafas, pelo engominado. Lo único que no cambiaba era su perfume. Tras la primera y grata impresión, le invitó a pasar. Traía una botella de vino tinto que, a pesar de ser lerda en cuestiones de caldos, a Irene se le antojó de los caros. Pasaron al salón, discretamente amueblado, sencillo pero acogedor, iluminado tenuemente. En el aire flotaba un aroma a sándalo muy suave. Era una auténtica obsesa de los ambientadores e inciensos. Tras un breve cambio de impresiones, tomaron asiento, uno frente al otro, ante la mesa parcamente decorada, tan sólo ataviada con unos servicios de mesa de Ikea, y una vela perfumada en el centro.

La cena discurrió sin grandes eventos, con una conversación que fue de lo más intrascendente hasta lo más profundo de la teología, tema que fascinaba a Miguel. Irene, profana en lo referente a Dios y todo cuanto le rodeaba, sabía salir airosa de las preguntas, casi siempre sin respuesta, que le formulaba su interlocutor. Curiosamente, la escena propiciaba un cada vez más intenso acercamiento entre ambos. No pasó mucho tiempo cuando Miguel comenzó a acariciar, distraídamente, la mano de Irene. Ésta no rehuía la intención de Miguel de ir más allá, y le correspondía entrelazando sus dedos con los suyos.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

UN CUENTO DE PURO SEXO

Así es como me ha pasado nuestro nuevo colaborador su primera entrega, un breve relato que hemos acordado entregar en fascículos. Prefiere el anonimato y, ciertamente, el tono de lo que a continuación escribe, cercano a la novela triple x, si es que existe este género, tal vez merezca tal invisibilidad. A medida que avancéis en la lectura, podréis hacer vuestras cábalas y decidir si ponerle nombre o no, tal vez, y sólo tal vez se desvele su identidad en la próxima fiesta de Navidad, ¿os parece?. Os dejo lo que yo creo podría ser el panteamiento... la temperatura os aseguro sube hasta reventar... Será que tenemos muchos más escritores en el Servicio...


Dice llamarse Javier Zaldivar...

Era un día lluvioso y frío, propio del crudo invierno que azotaba el país. Irene salió del trabajo, como cada día, asqueada y harta de soportar las envestidas reiteradas que su superior le lanzaba. Era algo vomitivo, pensaba ella, algo que ninguna mujer debería consentir. El acoso era continuo, descarado, sin pudor alguno. Irene rondaba la cuarentena, era menudita, bien proporcionada, de esas mujeres que, no siendo un bombonazo, hacían que un hombre la mirara de reojo cuando pasaba a su lado. Lo mejor de ella era su vitalidad y frescura. Siempre tenía una palabra amable para los demás. Su sonrisa era eterna, jamás podría decirse que tuviera un mal día. En su trabajo era buena, muy buena: concienzuda, responsable, agradable con los clientes, eficaz en su labor, con la cabeza sobre los hombros y una mente muy bien amueblada. Era perfecta. Esa perfección sofocaba a su inmediato superior. No podía soportar que aquella chica que un día aterrizó en la oficina, con un pobre curriculum y con escasos méritos académicos, hubiera podido revolucionar la tediosa y aburrida vida que se respiraba en la empresa en sólo ocho meses. A Alex, su jefecillo, le aplastaba esa sensación de usurpación que supuso la incursión de la pueblerina en la oficina. Se sentía desplazado, ninguneado, sólo por el hecho de que ella hacía su trabajo, y lo hacía bien. Y lo peor, carecía de argumentos para poder competir contra ella, sabiendo que en pocos meses, el escalafón superior iba a reclamar los servicios de Irene, de sobra demostrada su valía como técnico de marketing en una empresa dedicada a la venta de productos de automoción.
Los planes de Alex eran tan perversos como estúpidos. Un mobbing salvaje y un acoso sexual sin límites. No encontraba otra manera de hacer frente a la cateta inexperta que se le subió a las barbas con total descaro. Los alardes de su hombría eran continuos, su machismo era asqueroso, su lenguaje, soez hasta el límite, sus roces premeditados y sus miradas repulsivas no tenían fin. Irene lo sabía. Sabía que todo formaba parte de una estratagema exclusivamente para minar su tesón y sus deseos de ser alguien en la vida. Le costó mucho esfuerzo llegar a donde llegó. Nadie le regaló nada. Nadie le dio un empujoncito para seguir adelante. Todo era fruto de su sudor y de horas que le robó al sueño. Y, por supuesto, no estaba dispuesta a claudicar. Tenía la entereza suficiente para acometer las embestidas del baboso que le tocó en suertes como superior. Pero empezaba a flaquear. Las fuerzas no eran infinitas y lo peor, comenzaba a cuestionar su modo de trabajar, claramente influenciado por el acoso diario que sufría. Se sentía culpable de su propia situación. Incluso llegó a plantearse si no sería mejor acceder a los requerimientos de Alex con tal de salir indemne y que el castigo finalizase. Dudaba de su propia convicción como mujer y como ser humano, que sabía y quería desempeñar un trabajo que le apasionaba.
Uno de esos días, al final de la jornada, exhausta y triste como ya era costumbre, fue a comer algo al bar donde solía ir, tras el cual iba al gimnasio, donde vomitaba todo el odio y rencor que llevaba incrustados a fuerza de machacarse en el spinning. Se sentó en su rincón de la barra como todos los días, pidió su Coca-Cola Zero, su plato del día y su café… Ah, bendito café. Era lo mejor del día. Lo paladeaba con placer y fruición. Era su único vicio. Absorta en el clímax culinario, le fue invadiendo un perfume masculino que nunca antes había sentido. Era un aroma diferente, cálido pero con fuerza, muy agradable, distinto. De reojo vio que lo que seguía al olor era una figura masculina, no muy alta, algo gruesa, que se sentaba a su lado. Mientra saboreaba su solo corto no pudo evitar mirar de reojo a aquel hombre. Le pareció atractivo, no guapo. Tenía ese algo que nunca nadie sabe qué es, pero que atrae. Tendría unos cuarenta y tantos años, bien llevados, pelo cano, corto, unas patillas y perilla finas y perfectamente recortadas, sin duda fruto de largos minutos frente al espejo. Vestía de manera informal, con una sudadera gris y unos vaqueros. De su mano pendía un casco que dejó en el taburete de al lado. - Motero, hmmm…-, pensó, - siempre me han gustado los macarras trasnochados que tienen a su moto como amante-. Él también se dedicó a escudriñar a su vecina de barra, con la inocencia propia de un niño, llegando a ser poco menos que descarada la forma que tenía de observarla. Antes de que la situación se hiciera más incómoda, Irene tomó la iniciativa, se presentó y le espetó a bocajarro si le parecía correcto su atuendo. Al pobre hombre le fueron y vinieron los rubores de la cara, no supo contestar y casi se ahogó atragantado con un trozo de tarta de manzana que tomaba de postre. Pasado el trance y, como quien va a recibir un castigo, se disculpó de la manera que supo, más bien torpe, sin saber qué hacer para remediar el entuerto. Irene le observaba fijamente y, de manera espontánea, soltó una carcajada que resonó en todo el local. Aquello desconcertó aún más al extraño. Había algo en él que a Irene le gustaba. Quizá fuera esa aparente bondad que asomaba o el hecho de ver desmoronarse a todo un tipo duro. Ella suavizó las maneras y pidió asimismo disculpas por su modo grosero de entablar una conversación. A su vez, él se recompuso como pudo, tragó saliva y se presentó. Miguel, que así se llamaba, estaba de paso por la ciudad. Bueno, a decir verdad, estaba buscando trabajo. Los tiempos no andaban bien y la empresa para la que trabajaba hasta hacía unas semanas no tuvo otra ocurrencia que plantear un ERE y pasar la guadaña. Total, doscientos y pico despidos entre los que se encontraba él. Como era de esperar, se entabló una conversación de lo más intrascendente, donde no faltó, cómo no, el mal tiempo imperante. Poco a poco la conversación derivó hacia otros derroteros más atractivos. Ella no tenía pareja; no podía ni quería permitírselo. -Ahora no; después, ya veremos-, argumentaba. Él estaba divorciado desde hacía un par de años. Salió escaldado de una relación de más de una década, donde la monotonía era la reina de la casa. En el fondo, seguía queriendo a su exmujer. Pero las cosas no funcionaban. No había diálogo, no había complicidad en la pareja. Eran, básicamente, compañeros de piso. Afortunadamente no tuvieron hijos. Por azares del destino, a él le tocó ser lo que las marujo-beatas oficiales de todo vecindario definen como “no vale para tener hijos”. Una azospermia congénita le privó de descendencia. Quizá fue lo mejor, dadas las circunstancias. Estaba descartada la idea de comenzar una nueva relación. Por supuesto, un buen polvo no se desaprovechaba, pero de ataduras, nada. No sabiendo muy bien cómo, ambos llegaron a un punto en común: la pareja estaba condenada a desaparecer. El ideal de vida era la libertad, un bien muy preciado, cada uno por razones muy dispares, pero con un mismo fin. Cuanto más reafirmaban su anhelo de libertad, más se forjaba su inmadura sintonía que, de un modo casi exponencial, a las dos horas de su encuentro, parecían amigos de la infancia. Entre ambos se gestaba a marchas forzadas un afecto inusitado, brotaba un cariño desmedido para el poco tiempo que cada uno sabía de la existencia del otro. Esto les turbaba. No podían creer que, sin forzar y sin pretenderlo, se habían colado hasta el fondo en sus vidas, sin duda como un hecho irrefutable y es que, al fin y al cabo, estaban solos.
Era cerca de la siete de la tarde. El tiempo había corrido como una exhalación. Fue tal la comodidad que ambos sentían que, si por ellos hubiese sido, el reloj se habría detenido indefinidamente. Pero la triste realidad comenzó a asomar cuando se percataron de que anochecía. La prisa se hizo dueña de la situación y de una manera un tanto estúpida, Irene cogió sus cosas, insistió en pagar la cuenta y se marchó. Así, sin más, sin un “nos veremos en otro momento”, o un “hasta la próxima”… nada… Miguel se quedó estupefacto. No podía comprender cómo una persona que en dos horas le había contado su vida con pelos y señales, de pronto huía despavorida como alma que lleva el diablo. Qué menos que una despedida, por mera educación. Pero, oh Diosa Fortuna, siempre tan esquiva con Miguel, parecía haberle hecho un guiño e ese momento. Con el arrebato, Irene dejó olvidado el móvil en la barra del bar. -Aquí tengo una buena baza-, pensó Miguel. No le fue difícil encontrar el teléfono del trabajo de Irene. Le chocó ver “Cornudo” en la agenda de teléfonos. ¿Cornudo…? -Algún antiguo lío de ésta-, pensó.